¿Y tú qué haces comunicando si no eres periodista?
Mi regreso a Venezuela ha generado críticas, preguntas y señalamientos. Una columna de María Elena Lavaud en El Nacional me hizo reflexionar sobre lo que significa comunicar, escuchar y asumir la responsabilidad de contar lo que uno mismo está viendo.
Hoy leí una columna que María Elena Lavaud me dedicó en El Nacional. Confieso que el título primero me hizo sonreír:
“¡Deja el fastidio, Kilómetro!”
Pero después de leerla completa, me hizo pensar.
No solamente por las palabras que María Elena tuvo hacia mí, que agradezco profundamente, sino porque detrás de ese “deja el fastidio” hay algo que llevo observando desde que regresé a Venezuela.
Mi regreso parece haber incomodado a algunas personas.
Y quiero comenzar aclarando algo: no me incomodan las críticas.
Creo que todos necesitamos personas que nos cuestionen. Me he equivocado muchas veces, seguramente volveré a equivocarme y espero tener siempre la capacidad de reconocerlo y corregir.
El problema comienza cuando dejamos de discutir ideas, decisiones o contenidos y empezamos a construir historias alrededor de una persona sin presentar pruebas.
Antes de continuar, quiero invitarlos a leer la columna completa de María Elena Lavaud, porque esta reflexión nace, en buena medida, después de leerla.
Leer “¡Deja el fastidio, Kilómetro!” en El Nacional
Desde que regresé a Venezuela, algo cambió
Volver a Venezuela para mí no significaba simplemente tomar un avión, llegar, encender una cámara y comenzar a grabar.
Quería regresar para estar.
Quería caminar.
Quería escuchar.
Quería mirar directamente a los ojos a las personas.
Quería dejar de depender exclusivamente de lo que alguien pudiera contarme desde la distancia y comenzar a vivir nuevamente algunas de las realidades que durante años hemos intentado explicar.
Desde mi regreso han surgido comentarios, cuestionamientos, videos, publicaciones y señalamientos sobre mí.
Algunos son legítimos.
Otros, sinceramente, parecen más interesados en desacreditarme que en discutir lo que estoy haciendo.
Y eso también forma parte de tener exposición pública.
No pretendo controlar lo que los demás piensen de mí.
Pero sí puedo decidir cómo responder.
Y quiero hacerlo hablando de hechos.
“Pero Kilómetro no es periodista”
Una de las críticas que más se ha repetido es esta:
“¿Qué hace Kilómetro comunicando si no es periodista?”
La respuesta es bastante sencilla:
No soy periodista.
Nunca he pretendido utilizar un título académico que no tengo.
Respeto profundamente el periodismo y a quienes se han preparado profesionalmente para ejercerlo.
Pero también debemos entender algo: el mundo de la comunicación cambió.
Hoy existen periodistas, comunicadores, documentalistas, creadores de contenido, entrevistadores, streamers, analistas y ciudadanos que han construido comunidades enormes utilizando herramientas que hace veinte años simplemente no existían.
Una cámara y una conexión a Internet cambiaron para siempre la manera en la que las personas reciben información.
Mi comunidad no comenzó a seguirme porque alguna vez les enseñé un título universitario.
Me siguieron por mi manera de comunicar.
Por preguntar.
Por reaccionar.
Por escuchar.
Por investigar.
Por equivocarme.
Por rectificar.
Y porque, de alguna manera, encontraron en mi forma de hablar una conexión con lo que ellos también estaban viviendo.
Eso no me convierte en periodista.
Pero tampoco significa que no pueda comunicar.
Para comunicar no hace falta ser periodista. Para comunicar hay que ser responsable
Aquí está, para mí, la verdadera discusión.
El problema no debería ser solamente quién tiene un título y quién no.
La pregunta debería ser:
¿Qué haces con la responsabilidad que significa tener una audiencia?
Porque comunicar implica responsabilidad.
Si millones de personas pueden escuchar algo que digo, entonces tengo la obligación de pensar en el peso de mis palabras.
Tengo que investigar.
Tengo que preguntar.
Tengo que contrastar.
Tengo que reconocer cuando no sé algo.
Y si me equivoco, tengo que corregir.
Eso debería aplicarnos a todos: periodistas, influencers, políticos, creadores de contenido y cualquier persona que tenga una plataforma desde donde pueda influir sobre otros.
La audiencia no te hace infalible.
Los seguidores tampoco.
Los números son una responsabilidad, no un certificado de que siempre tienes la razón.
Por eso regresé: no quería que me lo contaran
Una de las razones por las que quería volver a Venezuela era precisamente esa.
No quería esperar a que alguien me contara lo que estaba pasando. Quería vivirlo.
Quería escuchar directamente al ciudadano de a pie.
A la señora que está en la calle.
Al trabajador.
A las familias.
Al venezolano que no tiene un programa de televisión ni millones de seguidores, pero que conoce perfectamente la realidad porque la vive todos los días.
Y cuando sales a recorrer Venezuela, comienzas a encontrarte con contrastes enormes.

Caracas puede sentirse como una burbuja
Algo que me llamó muchísimo la atención durante estos días es Caracas.
En muchos de los lugares que he recorrido en la capital puedes encontrar una realidad que, por momentos, parece pertenecer a otro país.
Hay sectores donde ves iluminación, comercios funcionando, movimiento, servicios que parecen tener mayor estabilidad y una ciudad que proyecta cierta normalidad.
Y entonces uno podría quedarse solamente con esa imagen.
Pero Venezuela no termina en Caracas.
Ese es precisamente el peligro de observar un país desde una sola ventana.
Hay que salir.
Hay que caminar.
Hay que escuchar otras historias.
Hay que visitar otros lugares.
Porque la realidad venezolana tiene muchas capas y no todas aparecen cuando recorres solamente las zonas más visibles de la capital.
No quiero que nadie me cuente qué Venezuela existe.
Quiero verla.
Fui a La Guaira porque no podemos simplemente pasar la página
También fui a La Guaira.
Fui porque hay historias de las que, después de unos días, pareciera que dejamos de hablar.
La noticia ocurre.
Todos comentamos.
Las redes se llenan.
Y después aparece otro tema.
Otro escándalo.
Otra noticia.
Y las personas que quedaron viviendo las consecuencias continúan allí.
Por eso quise volver a las zonas afectadas y ver personalmente qué estaba pasando.
Entrar.
Caminar.
Hablar con quienes siguen allí.
Ver las estructuras.
Escuchar a las familias.
Porque nuestro trabajo no puede consistir solamente en estar cuando un tema es tendencia.
Hay realidades que merecen seguimiento aun cuando los algoritmos hayan decidido que ya no son noticia.
No podemos olvidar solamente porque dejamos de hablar de algo.
Tampoco podemos olvidar a los presos políticos y a sus familias
Durante este regreso también he tenido la oportunidad de encontrarme con familiares de presos políticos.
Madres.
Esposas.
Hermanos.
Hijos.
Personas que continúan luchando por la libertad de alguien a quien aman.
Y cuando estás frente a ellos, cambia completamente la manera de entender una noticia.
Ya no estás leyendo solamente un nombre.
No estás viendo una cifra.
Estás frente a una familia.
Frente a una fotografía.
Frente a alguien que lleva días, meses o años esperando.
Esas historias no pueden desaparecer simplemente porque existan otros temas ocupando los titulares.
Podemos discutir sobre política.
Podemos tener posiciones diferentes.
Podemos discutir sobre el futuro del país.
Pero detrás de cada detenido existe una familia que también vive las consecuencias.
Y escuchar esas historias directamente es precisamente parte de lo que quiero hacer en Venezuela.
Escuchar antes de concluir
Para mí, comunicar también significa tener la humildad suficiente para escuchar algo que quizás contradiga lo que pensabas.
Si solamente buscamos personas que confirmen nuestra opinión, no estamos intentando entender una realidad.
Estamos buscando validación.
Quiero poder hablar con quien piensa como yo y con quien no.
Con quien esté esperanzado y con quien esté cansado.
Con quien crea que Venezuela está cambiando y con quien piense que todavía falta muchísimo.
Porque probablemente todas esas personas tienen una parte de la historia.
Mi trabajo es acercarme.
Preguntar.
Escuchar.
Y después comunicar lo que encontré.
Una crítica puede ayudarme. Una acusación necesita pruebas
También quiero dejar clara otra cosa.
No considero enemigo a quien me critica.
Si alguien me dice que una entrevista estuvo mal conducida, puedo escucharlo.
Si alguien considera que debería haber hecho otra pregunta, puedo evaluarlo.
Si alguien cree que me equivoqué en una opinión, podemos discutirla.
Incluso una crítica dura puede ayudarte a crecer.
Pero existe una diferencia entre decir:
“No estoy de acuerdo con Kilómetro”
y afirmar que determinada persona me paga, que respondo a determinados intereses o que existe algo oculto detrás de mi trabajo.
Cuando dejamos de expresar opiniones y comenzamos a presentar acusaciones como hechos, entonces las pruebas importan.
No voy a responder cada video que alguien haga sobre mí.
No quiero vivir pendiente de lo que diga cada persona en Internet.
Prefiero invertir ese tiempo saliendo a la calle.
Algo que María Elena Lavaud escribió y me hizo pensar
Hubo algo de la columna de María Elena que agradecí especialmente.
No fue solamente que hablara positivamente sobre mí.
Fue que reconociera algo fundamental:
me equivoco.
Y eso me parece importante.
No quiero construir una imagen de perfección porque sería mentira.
Me he equivocado.
He dicho cosas que después he tenido que revisar.
He tomado decisiones que quizás hoy tomaría de otra manera.
Y seguramente volverá a ocurrir.
Prefiero equivocarme, reconocerlo y rectificar antes que convertirme en una persona incapaz de admitir que alguna vez estuvo equivocada.
La credibilidad no debería consistir en convencer a los demás de que nunca fallas.
También se construye demostrando qué haces cuando fallas.
No quiero una comunidad que me aplauda todo
Tampoco quiero millones de personas diciéndome que todo lo que hago está bien.
Eso sería peligroso.
Quiero una comunidad que piense.
Que cuestione.
Que me diga cuando no está de acuerdo.
Que me obligue a prepararme más.
Que me haga mejores preguntas.
Que incluso alguna vez me haga cambiar de opinión.
Las críticas que buscan construir siempre tendrán espacio.
Porque si después de tantos años comunicando pienso que ya no tengo nada que aprender, ese día probablemente debería dejar de hacerlo.
Mi regreso a Venezuela es también una oportunidad para aprender
Volver a Venezuela me está recordando algo que quizás desde afuera es fácil olvidar:
un país no puede entenderse únicamente desde una pantalla.
Hay que caminarlo.
Hay que sentirlo.
Hay que escuchar sus silencios.
Hay que conocer tanto la Caracas que puede sentirse como una burbuja como los lugares donde las necesidades siguen siendo completamente diferentes.
Hay que visitar La Guaira incluso después de que otros dejaron de hablar de ella.
Hay que escuchar a las familias de los presos políticos.
Hay que conversar con ciudadanos comunes.
Hay que hacer preguntas incómodas.
Y también hay que estar dispuesto a escuchar respuestas que quizás no esperabas.
Eso es parte de lo que estoy intentando hacer.
No porque tenga todas las respuestas.
Precisamente porque no las tengo.
Seguiré comunicando
No necesito que todos estén de acuerdo conmigo.
Tampoco necesito que todos me quieran.
Lo que sí quiero es continuar trabajando con responsabilidad.
Si me equivoco, señálamelo.
Si tienes una crítica, hazla.
Si existe algo que crees que debo investigar, dime dónde mirar.
Y si vas a hacer una acusación, entonces presenta las pruebas.
Yo seguiré haciendo lo que he venido haciendo durante estos años:
preguntar, escuchar, investigar, caminar, equivocarme, aprender, rectificar y comunicar.
No necesito fingir ser periodista.
Nunca he dicho que lo sea.
Pero sí tengo algo que considero indispensable para cualquier persona que decida hablar frente a una audiencia:
la responsabilidad de hacerme cargo de mis palabras.
Y mientras tenga la posibilidad de utilizar mi plataforma para escuchar al venezolano, documentar lo que encuentro y contar historias que otros quizás ya dejaron de contar, voy a seguir haciéndolo.
Aunque para algunos eso sea, como escribió María Elena Lavaud, un fastidio.
Siempre luz.
Kilómetro
Lee la columna que inspiró esta reflexión
Esta publicación nació después de leer la columna de María Elena Lavaud publicada en El Nacional el 21 de agosto de 2026.
Los invito a leerla completa y sacar sus propias conclusiones:
“¡Deja el fastidio, Kilómetro!” — María Elena Lavaud | El Nacional





