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Doblete sísmico en Venezuela: entre los escombros, el silencio también pesa

Hay tragedias que terminan cuando deja de temblar la tierra. Otras continúan mucho después, cuando comienzan las preguntas, cuando llegan los silencios y cuando las familias intentan comprender qué ocurrió con los suyos.

El doblete sísmico en Venezuela no solamente derrumbó estructuras y destruyó hogares. También volvió a mostrar una realidad dolorosa: la enorme distancia que puede existir entre la urgencia del venezolano común y la capacidad de respuesta de quienes tienen la responsabilidad de protegerlo.

Hoy quizás ya no estamos hablando de aquellos primeros minutos en los que cada segundo podía significar la diferencia entre encontrar a alguien con vida o llegar demasiado tarde.

Esa oportunidad pasó.

Y precisamente por eso ahora la palabra que debería imponerse sobre todas las demás es otra:

humanidad.

Humanidad para quienes perdieron a alguien.

Humanidad para quienes todavía necesitan recuperar un cuerpo.

Humanidad para las familias que merecen una respuesta.

Y humanidad para un país que no debería tener que acostumbrarse a que una tragedia simplemente desaparezca de la conversación oficial.

Cuando la tragedia no pregunta por ideología

Hay algo que quedó demostrado desde las primeras horas.

Cuando un edificio se desploma y una persona sabe que allí está su mamá, su hijo, su pareja, un amigo o incluso un conocido, nadie pregunta primero por quién votó.

Nadie pregunta:

¿Eres chavista?

¿Eres opositor?

¿Estás conmigo o estás contra mí?

No.

El venezolano que estaba allí tenía una sola razón para quedarse:

encontrar a alguien.

Unos buscaban a sus familiares.

Otros llegaron con herramientas.

Algunos llevaron agua, comida o medicamentos.

Otros pusieron simplemente sus manos donde hacía falta ayuda.

Y esa probablemente sea una de las imágenes más importantes que dejó esta tragedia: venezolanos ayudando a venezolanos sin preguntar ideología, militancia ni posición política.

Porque cuando el dolor es real, las divisiones inventadas desde el poder pierden importancia.

Allí solamente había seres humanos tratando de ayudar a otros seres humanos.

Cuando cada minuto sí contaba

Hubo un momento en esta tragedia en el que la discusión era completamente distinta a la de hoy.

En aquellas primeras horas, una máquina no era simplemente una máquina.

Era una posibilidad.

Una retroexcavadora podía significar avanzar más rápido.

Una autorización podía significar no perder tiempo.

Una decisión podía marcar la diferencia.

Cada minuto contaba.

Por eso resultaron tan dolorosas las denuncias sobre retrasos, obstáculos y dificultades para utilizar maquinaria o acceder a determinados lugares.

Porque cuando todavía existe la posibilidad de encontrar a alguien con vida, la burocracia debería desaparecer.

No debería importar quién consiguió la máquina.

No debería importar quién organizó la ayuda.

No debería importar quién aparece en la fotografía.

La única prioridad debería ser salvar.

Y allí queda una pregunta que probablemente acompañará durante mucho tiempo esta tragedia:

¿Se hizo todo lo que se podía hacer cuando todavía había tiempo?

No es una pregunta partidista.

Es una pregunta humana.

La urgencia de ayer y la humanidad que hace falta hoy

Pero el tiempo cambia también las responsabilidades.

Hoy ya no estamos en aquellas primeras horas.

No estamos hablando de correr desesperadamente porque cada segundo puede salvar una vida.

Aquella era la urgencia de entonces.

La responsabilidad ahora es diferente.

Ahora corresponde acompañar.

Informar.

Identificar.

Recuperar.

Entregar respuestas.

Permitir que las familias puedan despedirse.

Porque existe una diferencia enorme entre aceptar que alguien murió y vivir permanentemente con la incertidumbre de no saber dónde está.

Para una familia, recuperar el cuerpo de un ser querido no es un detalle administrativo.

Es poder sepultarlo.

Es poder hacer un funeral.

Es tener un lugar donde llorarlo.

Es permitir que la mente y el corazón comiencen, de alguna manera, a aceptar lo ocurrido.

Por eso resulta tan doloroso pensar que todavía pueda existir alguien removiendo piedras, concreto o tierra simplemente porque necesita encontrar a ese familiar.

Ya no necesariamente esperando un milagro.

Sino esperando algo tan elemental como poder despedirse.

Las cifras nunca cuentan toda la historia

Los gobiernos hablan en números.

Muertos.

Heridos.

Edificios afectados.

Viviendas destruidas.

Toneladas de escombros.

Pero detrás de cada cifra existe algo que ningún balance puede explicar completamente.

Una silla que quedó vacía.

Un niño que perdió a uno de sus padres.

Una madre que perdió un hijo.

Una pareja que salió de casa y nunca volvió a verse.

Una familia que perdió en segundos lo que construyó durante décadas.

Por eso un balance oficial no debería entenderse únicamente como una lista de números.

También es una forma de reconocer a las víctimas.

De decirles a sus familiares:

sabemos que existieron, sabemos lo que ocurrió y no los hemos olvidado.

Cuando esa información no llega con claridad, queda la sensación contraria.

Como si el silencio pudiera hacer más pequeña la tragedia.

Y no puede.

¿Dónde están los niños? ¿Dónde están las familias?

Hay preguntas que siguen necesitando respuestas.

No necesariamente porque todavía exista la esperanza de encontrar sobrevivientes bajo cada estructura.

Sino porque un país necesita saber la magnitud real de lo ocurrido.

¿Cuántas familias quedaron incompletas?

¿Cuántos niños fueron afectados?

¿Cuántas personas continúan sin ser localizadas o plenamente identificadas?

¿Qué ocurrió realmente en cada una de las zonas más golpeadas?

¿Qué acompañamiento están recibiendo quienes perdieron familiares, viviendas o prácticamente todo?

Las respuestas ya no tienen necesariamente la urgencia de aquella primera hora.

Pero siguen teniendo algo quizás igual de importante:

dignidad.

Porque el paso del tiempo no elimina la responsabilidad.

Retirar escombros no significa borrar lo ocurrido

Llegará el momento de limpiar.

De demoler estructuras que ya no son seguras.

De reconstruir edificios.

De abrir nuevamente las calles.

Eso forma parte inevitable de cualquier proceso de recuperación.

Pero existe una línea muy delicada entre reconstruir y simplemente querer pasar la página.

Porque debajo de esos escombros no había solamente cemento.

Había hogares.

Fotografías.

Juguetes.

Documentos.

Recuerdos.

Proyectos.

Había vidas enteras construidas dentro de aquellas paredes.

Y por eso cualquier proceso para retirar los restos de esta tragedia debería hacerse con sensibilidad.

No se trata solamente de mover toneladas de concreto.

Se trata de comprender lo que ese concreto representa para quien perdió allí a alguien.

No se puede decretar que el dolor terminó

Este país ha aprendido demasiado bien a pasar rápidamente de una tragedia a otra.

Una noticia desplaza a la anterior.

Un discurso sustituye otro.

Un acto político cambia la conversación.

Y eventualmente pareciera que todo debe continuar como si nada hubiese ocurrido.

Pero las familias no funcionan de esa manera.

doble sismo 2

El dolor no desaparece porque desaparezca de la televisión.

El duelo no termina porque un funcionario deje de mencionar el tema.

Y una madre no deja de extrañar a su hijo porque el calendario avance.

Por eso hay momentos en los que cualquier celebración exagerada, cualquier discurso de felicidad permanente o cualquier intento de aparentar normalidad termina chocando con una realidad mucho más profunda.

Hay venezolanos que todavía están aprendiendo a vivir con una ausencia.

Hay personas que todavía necesitan recuperar a un familiar para poder darle sepultura.

Hay familias para las que esta tragedia no es una noticia vieja.

Es su vida desde aquel día.

¿Dónde quedó la humanidad?

Quizás esa sea hoy la pregunta central.

Ya no podemos cambiar lo que ocurrió durante las primeras horas.

Ya no podemos devolver cada minuto perdido.

Ya no podemos regresar el tiempo.

Pero todavía se puede decidir qué hacer después.

Se puede tratar con respeto a las familias.

Se puede informar.

Se puede reconocer errores.

Se puede transparentar lo ocurrido.

Se puede ayudar sin convertir el dolor en propaganda.

Se puede permitir que una familia cierre una herida.

Eso también es gobernar.

Porque la verdadera capacidad de un Estado no solamente se mide durante la emergencia.

También se mide después.

Cuando las cámaras comienzan a retirarse.

Cuando la noticia deja de ser tendencia.

Cuando quedan únicamente los familiares y su dolor.

Es precisamente allí cuando aparece la diferencia entre administrar una tragedia y acompañar humanamente a quienes la sufrieron.

La resiliencia del venezolano no puede convertirse en excusa

Durante años hemos repetido que el venezolano es resiliente.

Y probablemente lo sea.

Se levanta.

Resuelve.

Improvisa.

Busca alternativas.

Ayuda al vecino.

Pero hay algo peligroso en convertir esa resiliencia en obligación.

Porque un pueblo no debería estar condenado permanentemente a resolver aquello que corresponde a sus instituciones.

No deberíamos romantizar que alguien tenga que conseguir por su cuenta una máquina.

No deberíamos convertir en hazaña que una familia tenga que buscar sola.

No deberíamos celebrar eternamente que el ciudadano termine ocupando el lugar que corresponde al Estado.

La solidaridad del venezolano merece reconocimiento.

Pero esa solidaridad jamás puede utilizarse para ocultar la incompetencia de quienes tenían recursos, responsabilidades y poder de decisión.

Ya no se pide velocidad. Se pide humanidad.

Quizás esta sea la diferencia más importante entre aquel día y hoy.

Cuando ocurrió el terremoto se necesitaba rapidez.

Decisiones inmediatas.

Equipos.

Maquinaria.

Coordinación.

Respuesta.

Cada minuto contaba.

Hoy la necesidad es distinta.

Hoy se necesita humanidad.

La humanidad de entregar información verdadera aunque resulte incómoda.

La humanidad de reconocer la dimensión de lo ocurrido.

La humanidad de permitir que cada familia encuentre o identifique a los suyos.

La humanidad de respetar un duelo.

La humanidad de no convertir una tragedia en propaganda.

La humanidad de entender que retirar los escombros no significa retirar también la memoria de quienes quedaron allí.

Porque quizás ya no existe una vida que pueda salvarse esperando debajo de determinada estructura.

Pero sí existe una familia esperando poder cerrar una historia.

Y eso también importa.

Venezuela merece la verdad

Un terremoto no puede evitarse desde un despacho.

La tierra no pregunta quién gobierna antes de moverse.

Pero todo lo que sucede después sí puede evaluarse.

La preparación.

La capacidad de reacción.

La coordinación.

Las decisiones.

Los obstáculos.

La transparencia.

Y, finalmente, el trato hacia las víctimas.

Por eso Venezuela merece conocer con claridad qué ocurrió.

No para alimentar una batalla política.

No para utilizar a los muertos como argumento.

Sino precisamente por respeto a ellos.

Se necesita un balance transparente.

Se necesita saber qué ocurrió con quienes aún no han sido plenamente localizados o identificados.

Se necesita conocer qué pasó durante las operaciones de rescate.

Se necesita explicar por qué existieron obstáculos denunciados por familiares.

Y, sobre todo, se necesita tratar a quienes perdieron a alguien como seres humanos y no como números dentro de un informe.

Porque cada número tiene un nombre.

Cada nombre tuvo una historia.

Y cada historia dejó a alguien llorando.

Las paredes pueden reconstruirse.

Las carreteras pueden repararse.

Los escombros algún día desaparecerán.

Pero hay pérdidas que permanecerán para siempre.

Y frente a ellas, la respuesta de un gobierno no debería ser el silencio.

Tampoco debería ser la propaganda.

Debería ser algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de encontrar:

humanidad.

Venezuela ya no puede recuperar los minutos que se perdieron cuando cada segundo contaba.

Pero todavía puede exigir respeto por quienes murieron.

Respeto por quienes los buscan.

Respeto por quienes necesitan sepultarlos.

Respeto por quienes tendrán que aprender a vivir con su ausencia.

Porque una tragedia no termina cuando se retira el último escombro.

Termina, si acaso alguna vez termina, cuando quienes quedaron pueden comenzar a hacer las paces con lo ocurrido.

Y para eso no necesitan que les maquillen la realidad.

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